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El rayo

Cuesta tener una creencia futbolística fuera de tu entorno. Más si cabe hablando de un equipo que no tiene como rutina levantar títulos, que su presencia en los medios debería ubicarse en la sección de sucesos y que vive momentos bajos. Comentar que eres del Real Zaragoza implica incertidumbre, no suele ser habitual, y sorpresa. El segundo sentimiento florece cuando en un intercambio de preguntas y respuestas rápidas reiteras que es tu único club. Pocos conciben ser de un club ajeno a la dualidad Real Madrid-FC Barcelona. Fuera de España (sobre todo en Inglaterra o Alemania) la gente alienta a los chicos que semana a semana representan a su ciudad.

Mi corazón blanquillo hace que en el rutinario día a día rodeado de fútbol no padezca de sufrimiento. El deporte rey se convierte en un acto pacífico siempre y cuando exceptuemos al Zaragoza. Sentarte a ver un partido implica analizar, disfrutar y sonreír. Todo son buenas caras. Por ello, el partidismo es una palabra que no tiene cabida en mi diccionario. Hace unas horas he sentido lo más parecido a volver a alentar a un grupo de chavales embarcados en una aventura excepcional.

La inauguración de la Copa África de Naciones (CAN) abre un periodo en el que mi cerebro no para de generar nuevos nombres, descubrir historias curiosas y retener miles de instantáneas sorprendentes. Pero este año la cosa va más allá. Guinea Ecuatorial ha abierto en mí una ventana que no para de transportar sensaciones de un lado a otro. Buscar sus noticias, rebuscar entre los jugadores con origen ecuatoguineano y vivir los envites con pasión. Soy un hincha más del Nzalang Nacional.

El debut de Guinea Ecuatorial en una CAN, amén de la co-organización del torneo, supone que uno de los focos de atención del planeta futbolístico estará durante el mes de enero y febrero en la antigua colonia española y en Gabón. Con la mala noticia de las molestias de Bodipo, el cuadro local salió frente a Libia con Iván Bolado, Balboa, Randy y Fidjeu en ataque y Juvenal con el brazalete de capitán. El inicio fue esperanzador. Varias llegadas por el costado izquierdo, un gol anulado y la sensación de que el cuadro libio acabaría claudicando.

El problema fue que la segunda mitad debilitó las tentativas locales y el choque estaba abocado al 0-0. Por ello, el brasileño Gílson Paulo tiró de corazón y puso a Bodipo sobre el césped. El veterano capitán corría con los ojos en vez de con sus piernas. En un balón largo el pie le falló, el tobillo sufrió una torsión desmesurada y tuvo que marcharse tras diez minutos en el campo. Fabiani iba a entrar en ese momento, pero el seleccionador prefirió una opción más conservadora dando entrada a Ekedo. Casualidad, fortuna o una alineación de estrellas provocaron este cambio de opinión de última hora. El centrocampista fue clave en la victoria al filtrar un balón delicioso entre líneas para que Balboa definiese en el mano a mano a falta de tres minutos.

Gol, victoria y éxtasis en Bata. De mi garganta salió un grito grave mientras mis brazos se agitaban. Fue un gesto inconsciente, pero en ese momento caí en la cuenta que Guinea Ecuatorial es algo más que un equipo simpático. Su historia, su trayectoria futbolística y lo que rodea a un país de poco más de un millón de habitantes ya forma parte de mi corazón y mis pensamientos. Bata, Malabo, San Antonio de Palé, Luba, Evinayong, Ebebiyín o Mongomo gritaron el tanto de Balboa con pasión y entre abrazos, pero en un rincón de Zaragoza yo me convertí al Nzalang Nacional. Apodo de la selección ecuatoguineana que significa: el rayo nacional. Dicho y hecho, un haz se propagó desde el cielo a mi cuerpo en  el minuto 87 y Guinea Ecuatorial ya ha pasado a ser algo más que un equipo simpático.

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